6.1 Una filosofía para gobernarlas a todas

Detrás de esto de las «psicotrampas» hay una forma particular de ver el mundo.

Otra más, pero algo distinta (aunque tampoco nueva).

Si la memoria no me falla creo que llevo desde 2012 investigando formas de autoconocimiento, buscando caminos para entender el infinito universo interior y, dentro de lo posible, vivir un poco mejor.

Una tendencia que he observado es que cuando descubría un nuevo método ocurrían dos cosas:

  • Pensaba que era mejor que el anterior (—¡Este sí que sí! Ahora ya lo voy a entender todo…)
  • Y me daba la sensación que tenía que «casarme» con esa manera de ver el mundo para conseguir los resultados que se suponía tenía que conseguir.

Pero ahora viene lo interesante (o no).

Con el tiempo vi que no era (solo) cuestión del método en sí mismo si no CÓMO YO ME RELACIONABA CON ÉL.

Si nos detenemos a observar mínimamente las mierdecillas de nuestra vida veremos que al final (o en el fondo) TODO ES UNA CUESTIÓN DE RELACIÓN, DE INTERACCIÓN, DE COMUNICACIÓN con esa boñiga.

—Paco, tenemos que hablar.
—Dime cari.
—Hemos terminado.
—¿Ya? Que conversación más cortita, así me gustan a mí.

De entre todos los sistemas de autoconocimiento que me he encontrado hay uno que ha conquistado mi atención y curiosidad hasta día de hoy.

Ese modelo de autoconocimiento tiene, entre otros, un principio clave: la «conciencia operativa» (que es la base del libro Psicotrampas que estamos desgranando por aquí…).

En la versión breve te diré que la conciencia operativa no es más que dejar de juzgar las cosas como buenas o malas, positivas o negativas y empezar a verlas en términos de provechosas o no provechosas, valiosas o no valiosas, útiles o inútiles.

  • Con la conciencia operativa deja de haber una forma de hacer las cosas mejor que otra.
  • Por tanto, no tienes que amoldarte a nada, ella se amolda a ti, con lo que tienes más libertad de movimiento, de juego y de experimentación con uno mismo.

¿Me explico?

Vamos un poco más allá.

En el capítulo anterior hemos hablado sobre la coherencia.

Desde la mirada juiciosa, esa que llevamos instalada en nuestro ADN sociocultural, una persona coherente la asociamos como una persona buena, íntegra y con principios, mientras que alguien contradictorio, incoherente y confuso nos parece una persona poco de fiar, liante y complicado.

Desde la mirada «operativa», en cambio, podríamos llegar a comprender que hay situaciones en las que mantenernos coherentes será lo más valioso que podamos hacer pero, en otras ocasiones, trastocar nuestra congruencia y pasar un rato por la incoherencia será la respuesta adaptativa más útil que podamos aportar en un momento determinado.

Termino con nuestro filósofo griego favorito:

Heráclito reprocha al poeta que dijo: «¡Ojalá se extinguiera la discordia de entre los dioses y los hombres!», a lo que responde: «Pues no habría armonía si no hubiese agudo y grave, ni animales si no hubiera hembra y macho, que están en oposición mutua».

@inkoherente

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